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Diario de un cabrón: muertos que no lo están

Hospitales y llamadas anónimas

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Al abrir los ojos comprobé que estaba en el hospital. Estaba conectado a un gotero con suero que, a través de mi brazo derecho, me inyectaba dosis de ibuprofeno líquido para suavizar mi dolor. No sabía qué me había pasado. Sólo recordaba caer redondo en el pasillo, antes de llegar a la puerta del ático de Ana, y algún flashback aislado de la ambulancia que no me solucionaba gran cosa. Intenté levantarme, pero mis intentos fueron inútiles: “Amigo, tómatelo con tranquilidad que esto es largo”, susurró una voz ajada que venía desde mi derecha. Era mi compañera de habitación, una anciana de unos 80 años que daba sus últimos coletazos en esta vida y que me observaba con curiosidad desde su cama. Me parecía extraño, nunca había visto una habitación de hospital con otra persona del sexo opuesto. Adela (así se llamaba), me dijo que llevaba dormido dos semanas gracias a un coma inducido. Ella no sabía más.

A las pocas horas entró una enfermera en la habitación. Al verme despierto, llamó rápidamente al doctor. El galeno me dijo que había tenido un ataque de ansiedad y que en la ambulancia de camino al hospital se había combinado con un ataque al corazón por culpa de las substancias que había tomado en los últimos meses. Me dijo que necesitaba tranquilidad y una vida más relajada ya que esas cosas, a mi edad, eran muy mala señal. Cuando el médico abandonó la habitación le seguí preguntando a Adela algún detalle más. Aparte de mis padres y, por supuesto, Gina, nadie más había venido a verme. Salvo otra chica de mediana edad y pelo castaño. Según su descripción encajaba a la perfección con Ana, pero no podía ser verdad. Mi crisis vino a consecuencia de aquella frase del policía en su casa de ir a “identificar el cadáver”. Adela, que no sabía nada de mi historia, sólo se limitó a decirme que es lo que ella había visto.
Gina entró a los pocos minutos. Me dio un beso y me acarició la mano. Estaba allí, a mi lado, y eso me reconfortaba. Fue el momento en el que decidí dejar mis tonterías de lado y decirle que, desde entonces, no quería apartarme de ella jamás. Sin embargo le puse la condición de que quería saber qué había pasado con Ana. No entendía qué había ocurrido y sólo quería encontrar una verdad que, mis padres, se encargaron de enrevesar. “Ana estuvo aquí hace dos días, nos dejó este sobre. Apenas estuvo aquí diez minutos. Se fue llorando”. Por tanto, Ana seguía viva. Mi mente volvió entonces a convertirse en un galimatías interno sin visos de solución temprana. Si Ana seguía entre nosotros, ¿de quién era el cadáver a identificar en su ático? ¿Qué historia trascendía de toda aquella trama? Cogí el teléfono y llamé a Ana. Me colgó las diez veces que intenté hablar con ella. Repetí hasta llegar a más de 30 llamadas, pero mis intentos fueron en vano. Por la tarde, Adela me gritó: “¡Chico, que te llaman al teléfono!” Era Ana. Con una voz pausada y grave, se limitó a decirme: “No nos conviene hablar. No ingentes llamarme de nuevo. Te quiero fuera de todo esto”. Y colgó.
Gina entró a la habitación. Le conté todo lo ocurrido y ella tampoco entendía nada. Quizá por eso, al salir de la estancia, ella se fue a casa de Ana a buscar respuestas. Le dije a Gina que no me fiaba ni un pelo y que no quería que fuera sola. Pero ella se empeñó. Yo, en mi habitación, aguardaba las noticias de Gina impaciente con Adela expectante. La señora se había convertido en testigo directo de todo y estaba interesada en saber cómo acababa todo. De repente, el teléfono sonó, era Gina: “No vive ninguna Ana en el ático B. El portero me dice que allí arriba no vive nadie desde algún tiempo“. Le dije a Gina que era imposible porque yo vi a la policía aquel día en aquel mismo lugar: “Ya pequeño, pero el portero me insiste en que aquí no vive nadie desde hace meses. He ido hasta arriba pero nadie me ha contestado o abierto la puerta”. Adela, atónita, sonreía a metro y medio de mi cama. Me veía extrañado, pensando en todo esto, y le hacía gracia todo aquello porque nunca antes había estado tan enganchada a una trama.
Pasaron diez minutos de la llamada de Gina y recibí una llamada de número oculto. Con todo lo que estaba pasando decidí darle al botón de “Grabar Llamada” de m Lu Smartphone. Era una voz rota, filtrada, manipulada. Sólo dijo: “Que tu chica no vuelva a enredar o los acabaréis como ella”. Fin de la llamada. Apresuré a Gina para que volviera al hospital y cercionarme de que estaba bien. Con ella llegó también el alta médica y nos fuimos para casa. Cuál fue nuestra sorpresa que, al entrar, Ana estaba tumbada en mi sofá durmiendo plácidamente. Repito, Ana. No quisimos despertarla, pero tenía muchas preguntas que contestar…

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