Diario de un cabrón: chantajes y muerte

Cadáver inesperado en el ático

la foto

Las excusas son lo mejor de esta vida. Llevo casi mes y medio de baja por una supuesta lumbalgia que nunca existió. Es lo que tiene que uno de tus amigos sea médico y, al mismo tiempo, igual de manipulador que tu. Ni Marcos ni yo conocemos qué significa la palabra “verdad”. Una firma y mes y medio sin trabajar. Así de simple. Por eso hoy me ha costado mucho volver a mi vida laboral.

A primera hora no había nadie en la oficina. A cada paso que daba por el pasillo central menos ganas me entraban de ponerme al día. Sólo estábamos la señora de la limpieza y yo. El reloj apenas marcaba las 7:55 am: “Señor, tiene todo el correo acumulado encima de su mesa”. La montonera de sobres que había en el escritorio me hizo replantearme una supuesta recaída de la lumbalgia, pero decidí quedarme y empezar a quitarme marrones de en medio.

Seguros de protección familiar, anuncios de fontanería, albañiles en alquiler, tres cartas de mis padres (que todavía escriben a mano en plena era tecnológica) y varios sobres sin remitente que tenían en común la misma letra y el mismo tipo de cierre. La verdad que no me llamaron la atención, por eso los dejé para el final. Tras leer las epístolas (porque lo de mis padres son epístolas y no cartas), abrí el primer sobre sin remitente. Era una foto. En ella aparecía yo besando a la chica del antifaz. Dejé la foto boca abajo en el escritorio y miré a mi alrededor para confirmar que no había nadie cerca. Volví a levantar la foto y comprobé que no era un sueño. Era real. Allí estaba yo, besando a la chica en el baño de la primera vez que intercambiamos fluidos orales. En el dorso de la fotografía sólo había una letra escrita en tinta negra: A. Una sola letra, una.

Confuso, me dispuse a seguir abriendo los dos sobres restantes. Todas las fotos eran parecidas: ella y yo besándonos o practicando sexo aquella primera noche en aquel baño del pub mientras Gina se impacientaba y esperaba en la barra. En todas y cada una de las fotos había una letra escrita en la parte de atrás. No había un orden ni, mucho menos un sentido. Las letras eran N, otra A y la primera A. Las dejé todas juntas boca abajo sobre el escritorio y empecé a pensar. Quizá por ser tan temprano o porque mi cabeza no daba para más en ese sentido, pero intenté mezclarlas para ver si, entre todas, conseguía ver una palabra o alguna inicial que me indicase algo. La única palabra que se podía formar con todas esas letras inconexas era un nombre. El de Ana, mi ex.

¿Qué coño tenía que ver aquella chica del antifaz con Ana? ¿Era un plan de Ana para volver a por mi? ¿Sabía Ana de la existencia de aquella chica? Me puse tan nervioso que me fui de la oficina. Al salir, corriendo, me tropecé con varios compañeros que entraban al edificio. No respondí a ninguno de sus saludos ni preguntas. Cogí un taxi y me fui directo a casa de Ana. Quería saber. Quería verla. Quería preguntarle. Le dejé 50€ al taxista y llegué al portal tan rápido como pude. Como la puerta estaba abierta, subí directamente hasta el Ático B en el que ella vivía y al llegar vi a cuatro hombres agachados en el suelo, recogiendo restos del suelo con guantes de látex y precintando la puerta de entrada al piso de Ana: “Salvo que venga a identificar el cadáver, usted aquí no pinta nada. Váyase”.

Una sensación de terror invadió mi pecho. La ansiedad me recorría el cuerpo de arriba abajo. Mi corazón palpitaba com si de una locomotora se tratase. Mis brazos, como mis piernas, se quedaron paralizados. No podía mover ni un solo músculo. La vista se me fue y caí redondo en el suelo del vestíbulo. Lo único que recuerdo desde entonces fue el trayecto en la ambulancia. Nada más.

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