Diario de un cabrón: Sexo en el parque

Una falda como única protección

La pastilla que me había pasado la chica del antifaz me hizo caer en un sueño profundo. Me dejó inconsciente, sin fuerzas y descolocado. Tanto que, al despertarme, llegué a dudar de si todo lo que había pasado había sido real. Al día siguiente de aquello me desperté en mi casa, en mi cama y con mi pijama. No entendía nada. De estar en aquel cuarto con ella completamente desnudo y desorientado pasé a estar en mi piso, tumbado en mi habitación y con ropa puesta. Lo dicho, no entendía nada.

No estoy en una época en la que pensar me venga bien. Por eso, y a pesar de tener grabada a fuego en mi mente aquella frase de la chica del antifaz, (“Desde ahora ya nada será como antes”) llamé a Gina. Estaba enfadada y cortante porque llevaba sin saber de mí dos semanas. Sin entrar en muchos detalles, le dije que andaba algo descolocado poniendo a mi familia como excusa. Tras un cuarto de hora de conversación decidimos quedar a comer para arreglar los últimos flecos de la bronca en persona.

Gina me decía que habíamos ido con demasiada prisa. Yo le comentaba que sólo hice lo que ella quería. Me replicaba alegando que se sentía sola. Le respondí que eso no era así. Gina contestaba que iríamos al ritmo que nos pidiera la relación. Y yo aceptaba cualquier cosa con tal de verla sonreír. Nos miramos, nos acariciamos y nos besamos. Quizá por ser las 17:10h. y estar en un parque rodeados de niños y sus respectivas madres nos daba algo de vergüenza, pero la situación era demasiado morbosa como para detenerla en seco.

Estábamos tumbados en el césped de un parque que era el pulmón verde de la ciudad. Gina me besaba justo como en nuestra primera cita. Primero los labios, luego el cuello y, a continuación, los lóbulos de las orejas. Eso, para mí, es el cielo. Al instante ya se me notaba la erección que ella no dudó en aprovechar. Me metió su mano dentro de los pantalones y empezó a hacer sus trabajos manuales. Tras unos minutos de preliminares, yo hice lo propio. A menos de 15 metros de nuestra posición jugaban varios niños en los columpios, pero nada ni nadie nos importaba en ese momento aparte de nosotros dos.

Gina vestía una falda de tela fina. Tras el prólogo, se incorporó. Miró hacia los lados, observó que sólo la inocencia de los niños de los columpios y sus padres eran la máxima amenaza posible y se puso encima de mí. Se levantó la falda, se apartó el tanga y me susurró al oído: “Házmelo aquí y ahora, pero sin gritos”. Ella, encima. Yo, debajo. Empecé a empujar poco a poco y con discreción. Los rayos del sol comenzaban a desaparecer entre las ramas de unos árboles que ya no me dejaban ver el cielo. No me importaba porque lo estaba haciendo a plena luz del día con mi chica. En un parque. Ella, lentamente, se balanceaba con disimulo para no llamar mucho la atención. Después de cuatro minutos, giré la cabeza y vi el zapato de un agente de policía. No nos movimos de nuestra posición. Nos quedamos parados.

“¿No les parece atrevido besarse con tantos niños al lado?” El tono del policía no era tan borde como suele ser habitual en ellos. “No agente, no estamos haciendo nada raro”, respondió Gina. Lo mejor de todo es que, gracias a su falda y a su agilidad, nosotros seguíamos “penetrados” pero el policía no se había dado ni cuenta. Él, viejo y vetusto, sólo pensaba que era una escena más de besos ardientes de dos jóvenes a la hora de la merienda. “Cuídense de no llamar más la atención, por favor”. Y se fue de la misma forma que vino, con silencio y buen ritmo. El mismo ritmo que recuperó Gina al instante. Esa conversación de apenas 20 segundos con el policía mientras mi miembro seguía dentro de su vagina fue increíble. Tanto, que no tardé ni tres minutos más en correrme.

Es lo que tienen los polvos de reconciliación. Que son cortos pero intensos. Al menos, el primero. El resto fueron más normales, aunque igual de especiales. Pero claro, hacerlo en un parque delante de todo el mundo, utilizando una falda como única protección, es un morbo que no tiene precio. Nos fuimos a casa y todo, de momento, parecía que volvía a la normalidad. Insisto, de momento…

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