Sexo y Cocaína

Reencuentro con la chica del antifaz

coca.cabron

El despertador, la mesilla, las sábanas… Todo es extraño en esta mañana. Extraño y desconocido. Mientras escucho la lluvia de fondo me pregunto dónde narices estoy. La de ayer fue una de esas noches típicas de las primeras páginas de este diario: alcohol, coca y chicas. O chica, en este caso. Y no precisamente Gina, de la cual no he vuelto a saber desde que la dejara colgada esperando en la barra del club en el que follé con aquella misteriosa chica del antifaz. Y es que, otra semana más, volví a hacer lo mismo en los mismos sitios buscándola siete días después.

Engañé a Javi para ir a cenar, por tercera vez consecutiva, a ese sitio en el que el carpaccio de atún está tan bueno. Cenamos, pero sobre todo bebimos. Entre los dos nos tragamos dos botellas de vino tinto. Salimos del restaurante volando porque los gritos que empezamos a dar con el segundo plato eran insoportables para el resto de la clientela que, ya cansados, nos lanzaban miradas amenazadoras y asesinas. Entre sorbo y sorbo, yo miraba hacia los contenedores buscando a aquella chica del antifaz que, sin mediar palabra, me dio uno de los polvos más placenteros en aquel baño del club al que nos íbamos a dirigir a continuación. Pero ni rastro de ella.

Tras el restaurante, la gran laguna. No recuerdo nada más desde entonces hasta ahora. No sé si seguimos hacia aquel club, si cambiamos de opinión y fuimos a otro lado o, si quiera, si conocí a alguien. Y ahora, aquí donde estoy, todo es un mar de dudas. He cogido el teléfono para comprobar llamadas y whatsapps, pero son todos números que no tengo almacenados en mi terminal y las pocas líneas de chat que alcanzo a leer no contienen información relevante que me puedan dar alguna pista de dónde he dormido. Sólo sé que está lloviendo, que en la mesilla de noche hay restos de coca y dos fundas de condones (supuestamente) usados y mis llaves. Nada más.

Me levanto y voy hacia el espejo que hay al lado de la ventana. Desnudo, compruebo que no hay restos de violencia (sexual o física) a lo largo de mi cuerpo. Todo está en orden, salvo mi cabeza, que retumba a cada paso gracias a la resaca. De repente, y sin tiempo para cubrirme, la puerta se abre y aparece ella. La chica del antifaz. Era su casa. O algo parecido. Pero ella estaba allí. Y todo hacía indicar que había pasado la noche con ella. Se me acerca sin abrir la boca, me besa, me tumba de nuevo en la cama y empieza a hacerme una felación mientras acaricia mis ingles. La sensación es increíble. Tanto que la agarro del pelo y la levanto para empezar a follar sobre las sábanas que hace bien poco me tapaban del frío húmedo de la habitación. Ella, encima de mí, botaba como si fuera la primera vez mezclando sensaciones encontradas que iban desde la pasión más desgarrada hasta la sexualidad extrema.

Tras siete minutos se corrió. Mientras lo hacía, me agarró del pelo y pronunció sus primeras palabras: “Desde ahora ya nada será como antes”. Y me besó. No me di cuenta, pero en el intercambio oral ella me pasó una pastilla que supuso el final. Caí rendido, como si me hubieran fusilado, en posición horizontal intentando mover alguna de las extremidades de mi cuerpo, pero estaba completamente inmovilizado. A través de mi mirada vi cómo ella se levantaba, se vestía y salía de la estancia. Mis ojos se fueron cerrando poco a poco hasta fundir a negro como si de una película de cine se tratara… No recuerdo más, no me moví más, no sentí más… Aquella pastilla me sumió en un sueño que, tal y como la chica del antifaz había dicho, provocaría que todo cambiara…

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