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Diario de un cabrón: Sexo en el baño

Noche de disfraces

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Cuando estás agobiado los problemas surgen todos a la vez. Las presiones de Gina para formalizar la situación han desembocado en una relación abierta temporal en la que seguimos juntos pero con libertad para probar nuevas experiencias. Es una solución intermedia que tomamos porque ya me veía casándome en menos de seis meses. Y las prisas, en ese aspecto, no son buenas. Sin embargo, cuando hablo de problemas no me refiero a ella…

Ayer volvimos a salir ella y yo. Al principio se unieron dos de sus amigas pero se fueron rápido. Al parecer, tenían cosas mejores que hacer. Nosotros seguimos a lo nuestro en el mismo lugar y misma hora que el pasado jueves cuando empezó a seguirnos aquella sombra en forma de persona que luego acabó amenazándome en aquella pista de baile. Como aquella noche todo fue extraño, le propuse a Gina, que no sabía nada, el mismo plan argumentando una excusa rápida y mala que, sin embargo, aceptó sin rechistar.

Volvimos a hacer lo mismo y yo no paraba de fijarme en detalles que se me pudieron escapar hace siete días. Las calles, los contenedores, las esquinas… Todo parecía normal. Precisamente como la noche de la amenaza. Mientras Gina, a eso de las 22:45, me hablaba de lo incómoda que está en el trabajo, la sombra volvió a aparecer al lado de los mismos contenedores. Gina seguía comentando su situación, pero yo sólo tenía ojos para aquel individuo que vestía con la misma ropa que la primera vez. Le dije a Gina que me disculpara y salí un momento para intentar hablar con el individuo. Sin embargo, cuando hice el amago de levantarme, la sombra ya había desaparecido. Para no preocupar a Gina, hice como que me llamaban por teléfono y salí minuto y medio a la calle mientras intentaba encontrar cualquier tipo de rastro. Pero nada. No había ningún tipo de pista.

En los postres, empeñado en encontrar a aquello que me seguía, le volví a proponer a Gina volver al mismo pub que habíamos visitado hacía una semana. Mi chica, a regañadientes, aceptó el plan a condición de irnos a mi casa tras tomar una copa rápida. Y hasta allí nos fuimos, al mismo pub en cuya pista de baile aquel inidividuo me dijo que me andara con ojo porque lo sabía todo sobre mí. Tenía una corazonada, sabía que me lo encontraría allí.

Cual fue mi sorpresa cuando entré al club y me encontré con que había una fiesta de disfraces. Todo el mundo llevaba máscaras, trajes estrafalarios y extraños sombreros. Volví al baño mientras Gina me pedía un whisky doble con agua. De la que iba, y agobiado por la exaltación etílica que había en ese baile de máscaras, apenas miraba a nadie. El hecho de saber que aquel tipo que me perseguía andaba por allí camuflado me ponía muy nervioso. De repente, y dos metros antes de llegar a la puerta del baño de caballeros, alguien me paró. Reconocía aquel toque en el hombro. Era él. Me di la vuelta y le repasé de abajo hacia arriba. Sin duda, aquellas zapatillas, aquellos vaqueros y aquella cazadora eran las mismas. Aprovechando el festejo de carnaval, llevaba un antifaz y un gorro que apenas me dejaba ver la parte inferior de su cara: apenas le veía el mentón y los labios. Sin más dilación, le cogí fuerte del raso y, sin ningún tipo de palabra de por medio, lo arrastré hacia el baño y lo puse contra la pared mientras le cogía agresivamente de la pechera: “¿Quién coño eres y qué cojones quieres de mí”. El tipo esbozó una sonrisa que me hizo sospechar algo. Al mismo tiempo me empezó a tocar la entrepierna, me acarició la cara y me dijo con voz forzada: “Vamos ahí dentro”.

Nos metimos en el baño, cerré con pestillo y le miré con extrañeza. Él, a continuación, se quitó la máscara. Aquel antifaz escondía una melena castaña, unos ojos azules y una sonrisa encantadora que me descubrieron que él era ella. Era una chica la que me perseguía. No entendía nada. Le pregunté y no recibí contestación. Sólo un beso, largo y profundo, que siguió a un polvo encima del retrete del club. Apenas llegamos a 10 minutos de acto sexual porque los acontecimientos me estaban a punto de sobrepasar. ¿Quién era esa chica que tan bien follaba? ¿Por qué me había seguido? ¿Qué buscaba? Al acabar el polvo yo no conseguí correrme. Ella se agachó y siguió intentando dejarme contento en aquel baño del club. A los dos minutos decidí volver a ser yo mismo, le agarré la melena, se volvió a incorporar y seguimos haciéndolo sobre la repisa de aquel baño diez minutos más. Sus sollozos y susurros al oído me ponían cada vez más, sus manos me apretaban el culo como si fuera la última vez y sus piernas se entrelazaban con las mías mientras me agarraba el cuello. Posiblemente fuera el mejor polvo en años. Quizá no por el acto en sí, sino por la situación que lo rodeaba. Al acabar, y mientras se volvía a subir los pantalones me dijo: “Próxima semana, playa de Nigrán. Es importante que estés allí el próximo sábado por la noche”.

Nada más. Me emplazaba a otro sitio y a otro día. No quise pensar en si iba a acudir o no. Lo cierto es que parecía urgente y daba la sensación de que no tenía que faltar. Me volví a arreglar y salí del baño con la mente a cero. Me dirigí hacia la barra y Gina ya no estaba. El camarero me había dicho que se había ido enfadada. Otro problema más que arreglar hasta el sábado. El polvo bien mereció la pena…

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