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Diario de un cabrón: Sombras de amor

Sensaciones incómodas, relaciones inciertas

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Viernes de mañana. Nunca una canción expresó mejor, a través de su melodía, un estado de ánimo. De fondo sueñan los Beatles y su “Hey Jude” para completar una noche surrealista.

Ayer, mientras me dirigía a casa de Gina comencé a notar que alguien me seguía. Era esa típica sensación que, hiciera lo que hiciera, una sombra me seguía allá hacia donde iba. Me paraba a comprar una cerveza, la notaba; salía de la oficina, la notaba; entraba en casa, sentía que se quedaba fuera observándome. La broma duraba demasiado tiempo.

A eso de las 21:45 de la noche quedé con Gina. Fuimos a cenar a un sitio de tapas en el que apenas había dos mesas más. La camarera nos ofreció un vino, una ensalada, un carpaccio de atún y unas delicias de carne. Desde la mesa, situada en el mismo cristal al lado de la entrada, comencé a sentir la sombra de nuevo. Mientras Gina me hablaba, yo miraba perdido hacia la calle buscando esa extraña presencia. Tras diez minutos intentando observar noté, al lado de los contenedores, la figura de una persona enfundada en una cazadora negra, con unos pantalones vaqueros azul oscuro, zapatillas blancas y gorra gris. No le di demasiada importancia, porque parecía esperar a alguien.

Con Gina las cosas siguen bien, aunque también es cierto que no me gustaron esas presiones de la semana pasada para formalizar nuestra relación. Soy de los que creo que el tiempo es el que ha de dictaminar si esto va hacia adelante o si, por el contrario, la relación no progresa más allá del sexo salvaje semanal. Pero yo ayer estaba en mi mundo. Mientras ella me habla, yo seguía mirando hacia los contenedores de afuera donde seguía aquella persona.

Acabamos la cena y nos fuimos a tomar una copa a un club que estaba tres calles más abajo. A cada paso notaba otro detrás de mi. Le pregunté a Gina si notaba algo extraño, pero concluyó que eran “cosas mías”. Al cruzar la plaza miré hacia atrás y volví a ver a esa persona a distancia. Nos miramos, nos quedamos parados, Gina me observó y me dijo: “No sé qué narices te pasa hoy, pero estás muy raro”. No le di mayor importancia y entramos en el club. Después de dos copas me levanté para ir al baño y, justo al pasar entre la muchedumbre que estaba en la pista de baile, una mano me agarró del hombro y me dijo: “Ten cuidado con lo que haces y con quién lo haces, lo sé todo de ti”.

Nada volvió a ser lo mismo desde anoche. Mirada perdida, sexo sin sentimiento y conversaciones vacías con Gina. Nada. ¿Miedo? No. Para nada. Pero sí extrañeza porque ni sé quién era, ni sé a qué se refería. Y darle vueltas a la posible causa del incidente de anoche me abre demasiadas puertas que, pensaba, tenía cerradas.

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