Diario de un cabrón: sexo de postre

Sexo sin compromiso

postre

De vuelta en la gran ciudad. Después de unos días en casa de desconexión todo ha vuelto a la normalidad. Ayer fue un jueves frenético que empezó con un lío increíble en la oficina y que acabó con mi jefe discutiendo a voces con el Manager General. La próxima semana tendré nuevo responsable. Y es que acabar a puñetazos con tu director es lo que tiene, te acaban echando. Que se joda, era un cretino.

Gina está en casa después del desencuentro de ayer. Fuimos a cenar y nos acabamos peleando. En otro sentido, claro, porque no acabamos a puñetazos como mi ex jefe. La cena transcurrió con miradas, sonrisas y complicidad. Pero con el postre llegaron las discrepancias, las presiones y las incomodidades. Pensé que nunca llegaría a tener este tipo de conversaciones con ella, pero me equivoqué. Pensaba que era especial, pero erré. Pensaba, a secas, y fallé.

Gina quiere algo más serio, no sólo cenas esporádicas y polvos originales. Quiere un principio de compromiso que me temía desde hace tiempo. Lo sabía, pero no puedo evitar excitarme cada vez que pienso en ella. Es la única que, quiera lo que quiera, me la pone tan dura que me nubla la mente. Y eso no es amor, es obsesión por un sexo que será imposible de mejorar. 

Tenía pensado acabar la cena, llevármela a su casa y follar hasta el amanecer, como siempre. Pero no. Con el postre llegó la discusión que siempre intenté evitar. Me dijo que pensara en “lo nuestro”, que analizara “nuestra situación” y que proyectara un “presente común”. Cuando la conversación subió de temperatura decidí levantarme de la mesa, darle un beso en la frente e irme al “Model´s”, un pub de chiscas frescas que sólo preguntan si vas a pagar en tarjeta o efectivo. Sin embargo, te das cuenta de que maduras cuando, antes de cruzar la puerta del club, te lo piensas todo mejor, te das la vuelta, haces una llamada de teléfono y arreglas el desaguisado que acabas de montar.

Está claro que tenía que haberme quedado en casa y no volver a la gran ciudad. El dilema es complicado porque ayer dije cosas que no sentía. No quiero compromisos, no quiero enlaces, no quiero ataduras. De la que volvía a casa, solo, llamé a Raquel para echar un polvo sin preguntas y sin condón. Es de las que toma la píldora, por lo que no necesito chubasqueros que me añadan dos minutos más de placer. Lo hicimos en su sofá mientras, de fondo – en la tele-, la VH1 ponía video clips de Oasis, Pulp y Stone Roses. A pesar de Raquel, me corrí pensando en Gina. Raquel no se merece mucho más ya que nunca pone dificultades ni retos de ningún tipo para llevármela a la cama. Aburre. Gina, en cambio, no. Toca pensar.

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