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Hacer un griego

Practicar el griego no es siempre bueno en el sexo

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Hoy estoy en la playa. El mar y sus olas me acompañan en un paseo en el que los recuerdos suman protagonismo a cada paso. Lo cierto es que la noche estuvo bien y las resacas se llevan mucho mejor con una tabla de surf cerca. He entrado al mar, como se dice en el argot surfero, hasta en cuatro ocasiones y ahora estoy tumbado cerca de la orilla sonriendo al horizonte.

La vuelta a casa ha sido perfecta. Mis padres, peleados entre ellos, siempre disimulan cada vez que vuelvo. A estas alturas creen que me lo sigo creyendo. No se soportan y siguen juntos por inercia y porque no tienen suficiente dinero como para que cada uno haga la vida por su cuenta. Yo me fui a cenar a La Señal, un antro en el que cocinan de fábula y cuya apariencia hace que sólo los habituales que conocemos a sus dueños de primera mano, seamos los fieles que escapan del mundo pijo que rodea al restaurante. Allí estábamos Andrés, Jorge y Luís. Y empezamos a beber.

Jorge es más serio, es atleta y tiene novia. Es un chico formal. Pero se lo pasa bien con Andrés y Luís, la extraña pareja. Ambos son un desastre con las mujeres y personalizan, como Jorge y yo decimos, el ser humano más cercano a los animales por su forma de ligar. Normalmente se acercan a las chicas por detrás, les cogen del hombro y con su sutileza habitual sueltan un comentario del tipo: “Te quiero montar”. Eso es, como si de ganado se tratara.

Aquella noche cenamos como si no hubiera mañana y bebimos como si el alcohol se fuera a acabar. A eso de las 2:35 Am, ya en un disco bar, Andrés y Luís empezaron su particular danza del cortejo con una chica que bailaba con una amiga. Cosas de la “extraña pareja”, los dos se empeñaron en conquistar a la misma, dejando libre a su amiga. Nadie lo entendió, y menos Jorge y yo que observábamos desde la distancia. Andrés le dijo algo al oído y, a continuación, Luís tomó la palabra. La chica, cómoda en un principio, empezó a poner mala cara.

El cortejo siguió así unos diez minutos más hasta que la otra chica entró al trapo con Luís y le dijo algo. Luís, de repente, se llevó las manos a la cabeza e intentó coger a Andrés del brazo para llevárselo con nosotros. Andrés no hizo caso y, además, le dijo a Luís que le dejara en paz. Luís corrió hacia nosotros y nos pidió ayuda: “Traed a Andrés que la chica es la novia de El Griego”. Jorge y yo nos miramos. El Griego es uno de los cabecillas del grupo ultra de nuestro equipo de fútbol que tenía antecedentes criminales y la entrada prohibida a todos los campos de fútbol de Europa. Rápidamente llegamos hasta Andrés, pero el remedio fue peor que la enfermedad.

Justo al llegar a la altura de Andrés y la chica, El Griego apareció por la puerta y vio cómo Jorge, Luís, Andrés y yo estábamos rodeando a su chica. Aunque no fuera real, la imagen le enfadó, como era normal. Sin mediar palabra y sin proponernoslo, se avalanzó hacia nosotros y comenzó una pelea. Éramos tres contra dos, pero la experiencia de El Griego en este tipo de lances se notaba. Yo recibí dos puñetazos en el costado y estómago, lancé tres sobre la boca del griego, Jorge la emprendió a patadas contra su amigo, Luís resistía lanzando crochés al aire y, sorprendentemente, Andrés aguardaba con la chica a dos metros de distancia. Todo era cómico, surrealista.

A los pocos minutos, la policía entró en el bar y nos tomó declaración a todos. A El Griego se lo llevaron a la comisaría porque había violado la condicional de la que disfrutaba desde hacía tres semanas. A nosotros nos caerá una buena multa por destrozos en sitio público y atentado contra la seguridad ciudadana, pero, al fin y al cabo, la noche estuvo bien. Andrés, arrepentido por el fregado de ayer, sigue llamándonos a cada uno desde primera hora de la mañana. No estamos enfadados con él, pero preferimos no cogerle el teléfono para que sufra.

Apenas es mediodía y tengo hambre. Con la espalda deshecha por la pelea y con un par de marcas en mi pómulo, es hora de dejar la tabla, meterse en el coche y llamar a Gina. Tengo ganas de hablar con ella. Apenas me quedan unos días en mi casa para volver a la ciudad, pero necesito escuchar su voz. Hasta pronto

Un comentario el “Hacer un griego

  1. Bonita historia, buenos relatos que originan encuentros entre parejas. Los regalos más intensos son aquellos que recuerdan un momento significativo.
    Inmortaliza tus sensaciones y podrás recurrir a ellas siempre.

    http://bookdefotos-madrid.com/book-fotos/para-parejas/

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