Diario de un cabrón: sexo en el tren

Acostarse con una ex

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Ha pasado una semana y estoy en un tren destino a casa, de vuelta, donde nada ha cambiado desde hace años. Me gusta. Lo bueno de mi tierra es que a pesar del paso del tiempo sigue igual que siempre, con sus campos verdes, sus montañas nevadas y su mar del norte que arrecia con olas ideales para olvidar. Sé que cuesta, pero peor sería no intentarlo.

De mi casa adoro la frontera. En apenas un túnel de tres kilómetros de longitud pasas de una tierra árida y cálida a un clima lluvioso, húmedo y frío. El contraste en tan poco espacio de separación es acojonante. Y por eso, pase lo que pase y viva donde viva, mi tierra siempre será el lugar más especial del planeta.

Volver a casa implica volver a viejos hábitos. En esta etapa “remember” en la que llevo sumido más de dos semanas he querido innovar con Kira, otra de mis ex que, al ver mi estado en Twitter, me llamó para ir juntos en el tren. Ella es rubia, alta y tiene un cuerpo que, como siempre le dije, le hubiera servido perfectamente para ser una modelo consagrada. ¿Por qué no lo consiguió? Porque es de esas rubias que hace buenos los refranes que tan bien conocemos sobre ellas…

Nos sentamos en uno de los vagones el uno al lado de otro. Ella me hablaba de su novio, yo de mis padres; ella comentaba lo feliz que era con su hija de un año, yo le describía mis noches de los jueves; ella sonreía al sacar el tema de su futura boda, yo la besé. Se quedó petrificada. No sabía por dónde salir. Pero le gustó. Lo noté, le encantó. Cierto es que mis besos son difíciles de rechazar porque beso de cine. Ella me respondió con otro beso y pronto empezamos a recordar aquellas noches en Madrid de las que apenas nos queda el vodka y el tequila.

Mientras la besaba pensé que nunca lo había hecho en un tren y se lo propuse. Ella, que se iba a casar en menos de dos meses, me dijo que ni se me ocurriera. Pero en apenas tres minutos cambió de parecer cuando le empecé a tocar sus pechos por debajo de la blusa que llevaba. Se empezó a excitar porque sus pezones la delataron. Me agarró el pelo, atrajo mi oreja hacia sus labios y con voz muy suave me susurró: “En 30 segundos da tres toques con los nudillos en la puerta del baño. Ya estaré desnuda”.

Así lo hice. Corrí por el pasillo del tren con un libro en la entrepierna porque mi erección ya era visible. Y palpable. Mejor dicho, había sido visiblemente palpada. Di los tres toques a la puerta y entré en el baño del tren. Con el traqueteo de las vías aquello se antojaba más excitante de lo que pensaba en un principio y sus gritos, disimulados entre el ruido del vagón, hicieron el resto. Ahí estaba yo, penetrando a una ex novia que estaba a punto de casarse y que ya había sido madre de espaldas al paisaje rocoso y verde que tan bien dibujan los Picos de Europa.

Justo al entrar en el túnel, y coincidiendo con la frontera que separa la estepa de la cordillera, me corrí dentro. Así, a pelo. Me daba igual dejar otro heredero suelto porque, tal y como estoy ahora mismo, cualquier problema me parece nimio al lado del resto. Ahora estoy sentado al lado de Kira, hablando de nuestras cosas y comentando lo bonito que pinta su futuro. El mío, en cambio, empieza a tener cerca un cruce con dos bifurcaciones entre las que, pronto, tendré que elegir.

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