Diario de un cabrón: culpable

Ana sigue en coma

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Apenas una semana después de la llamada de su madre sigue igual: estable dentro de la gravedad. No tengo buen cuerpo porque desde que volvió a cruzarse en mi vida todo ha ido a peor. Nada a mejor. Lo peor fue anoche cuando me encontré cara a cara con sus padres. El encuentro fue frío, distante, incómodo. Sus padres nunca me perdonarán haberla dejado a la deriva con sus problemas. Y tienen toda la razón porque escapé por miedo a no complicarme la vida. Quería ayudarla, pero el no haberme enamorado de ella al 100% no ayudó a la hora de implicarme más en la cura a sus problemas. De pronto, y sin querer, pasé de ser la solución al gran desencadenante de todo.

Su padre rechazó mi mano y su madre apenas hizo un leve movimiento de cabeza a modo de saludo. Ana estaba en la cama, tumbada, con la típica ropa de hospital y completamente entubada. La imagen me puso un nudo en la garganta difícil de superar. Un montón de recuerdos volvieron de repente a mi mente para dar la puntilla a un estado de ánimo que, de por sí, estaba (y sigue estándolo) muy dañado. Ver a Ana en esa situación era algo muy incómodo que, a pesar de todo, hizo sentirme culpable de la situación. Era ella, más cerca del otro lado que de éste, con pocas ganas de luchar y sin nadie a quien agarrarse para quedarse.

La situación de Ana con sus padres era tirante desde hacia varios años. Antes de conocerme la relación ya estaba muy dañada. Quizá por mi éxito en el trabajo y mi buena apariencia siempre me vieron como alguien que le vendría bien a su hija. Sin embargo, nunca aceptaron mi sinceridad. Ni mi falta de interés en unos problemas con las drogas a los que yo contribuí. Y es que, por entonces, yo me metía mucha “merca” y Ana se aprovechaba. Quizá su padre tenga razón en que yo la utilicé para pasármelo bien un tiempo y dejarla tirada cuando vi nubes negras a las primeras de cambio. Lo admito. Y lo admití en su día. Tampoco me arrepiento.

Tras diez minutos con ella, su madre irrumpió en la habitación:
– Espero que no estés mucho más tiempo por aquí, molestas.
– Deme un minuto y me iré.
– No, te pido que te vayas ya, no vas a solucionar absolutamente nada con 60 segundos llorando a sus pies.

Contuve la respiración y le respondí con educación:
– Si queréis seguir culpándome de todo, adelante. Pero vosotros tenéis mucha culpa de que Ana esté ahora mismo aquí tumbada.

La madre se abalanzó sobre mi y me dio un puñetazo en la cara que apenas me hizo daño. Su padre entró en la habitación, sujetó a su mujer y me pidió que me fuera. La situación era esperpéntica. Me acerqué a Ana y le dije al oído: “Vuela, pequeña, nadie te merece por aquí”. Su padre me cogió de la pechera y me puso contra la pared:
– No te quiero ver por aquí en la vida, hijo de puta.

Sonreí. La situación me hacía demasiada gracia. Una drogadicta en coma cuyos padres nunca la ayudaron culpándome a mi de la situación de su hija por algo que ellos ya habían hecho antes. Cogí mi cazadora y me fui. Ni estaba enfadado, ni sentía ningún tipo de motivos por estarlo a pesar de todo. Me metí en el coche y volví a casa a cenar cuando, al mismo tiempo -en la habitación de Ana-, su mano empezó a moverse. Había despertado.

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