Diario de un cabrón: follar para olvidar

Un polvo en la playa

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11:41 Am. Las cosas han vuelto a su cauce normal. Apenas cuatro llamas de Ana durante la semana para demostrar que no ha cambiado nada. Los últimos días han sido un constante por su parte: batería de whatsapps, chorreo de sms’s y las citadas cuatro llamadas que no me han dejado desconectar de ella desde que me la crucé por la calle. Por eso digo que las cosas han vuelto a su cauce normal.

Lo que más me preocupa de todo esto es caer de nuevo. Gina está ahí, y seguirá estando. Por eso es como es. Pero Ana es una pesadilla con la que no contaba volver a soñar. Es pretenciosa, es egoísta, es calculadora, es ella. Es ese tipo de chicas que, por más que te lo prometan, nunca va a cambiar.

Quizá por eso estoy intentando evitar cualquier tipo de recuerdo o de roce a base de excesos. Esta semana he follado con cuatro tías distintas, a cual peor. Por lo menos en lo que a mi se refiere porque ni siento, ni disfruto. Y disfrutar es mi máxima diaria. Lo peor ha sido el polvo con Isa, nuestra secretaria. Siempre hemos tonteado medio en broma, medio en serio. Los dos sabíamos que algún día compartiríamos algo más que lenguaje verbal. Quedamos en un cóctel de presentación de una
empresa afín y al tercer Martini, justo cuando se produjo una de las llamadas de Ana, la cogí del brazo y me la llevé al coche.

Ella no entendía nada, pero se notaba que estaba disfrutando. No sabía porqué la había cogido de aquella forma, ni porqué estábamos en aquel coche conduciendo hacia la playa. Durante el trayecto íbamos bebiendo lo que quedaba de la botella que Isa se había llevado de la fiesta. La cosa sólo podía ir a peor. Llegamos a la playa y en la arena nos revolcamos, nos enrrollamos y nos follamos mutuamente. Quizá con demasiada fuerza porque ella notaba que yo me estaba desquitando de algo o de alguien utilizándola. Tras las dos primeras penetraciones, y justo cuando la marea nos acariciaba los pies, ella se incorporó y me preguntó:

– ¿Por qué conmigo?
– No lo sé, Isa.
– ¿Por qué esta noche?
– Déjalo, por favor.
– Es que no acabo de entender nada de esto.

Yo, pensativo, sólo miraba al cielo buscando algún recurso evasivo para que la conversación no acabara peor. Pero ella insistió:

– O me respondes, o me voy.

La miré a los ojos, aguanté callado diez largos segundos y le dije lo que pensaba:

– Estás aquí porque me apetecía follar. Pero follar para olvidar a otro mal sueño que tuve hace poco. Por eso te elegí y por eso, te guste o no, te dejaste elegir.

Isa cogió su ropa, su bolso, sus lágrimas y se fue. Cogió un taxi mientras yo me quedé tumbado en la playa. Pensaba, reflexionaba y me arrepentía por haber hecho daño a una pobre chica que buscaba algo más que sexo. Buscaba respuestas que, por otra parte, en mí nunca encontraría porque ni yo mismo sé las preguntas. Me di un baño, grité y me fui a casa.

Ahora estoy delante del ordenador. Isa esquiva mis miradas, responde al teléfono de malas formas y se muestra enfadada cada vez que me lo puede demostrar. Y yo sigo apretando el puño pensando en ese gran error de nombre Ana que condiciona todo lo que llevo haciendo durante esta semana. De repente, el teléfono suena y, al otro lado, una voz temblorosa me dice llorando:

– Soy la madre de Ana. Está en la UCI.

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