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Diario de un cabrón: Déjà vu

Relaciones pasadas

cabrondejavu

Perder el control es habitual en mi, pero perder la cabeza no. En una situación normal me entrarían remordimientos, pero ni por esas. Siento ira, la misma que utilicé ayer a modo de venganza cuando me la crucé a quince metros del Pub Oasis.

Yo salí del trabajo con un amigo y me choqué con ella nada más cruzar la esquina de la calle Cambrils con la calle Sitges. Al principio no caí en la cuenta, pero ese perfume me resultaba familiar. A los pocos metros me di la vuelta y ella, como si le hubiera pasado lo mismo, hizo lo propio. Nos miramos, extrañados, nos radiografiamos, nos odiamos. Era ella.
Ana cree que huí al cambiar de trabajo y de ciudad. Es lo que tienen las locas obsesivas, que se creen que todo gira en torno a su ego. Recuerdo que la dejé porque su problema con las drogas iba mucho más allá de nuestra relación. Para hacerse una idea, un mes después de haberla dejado me llamó para cortar cuando ya llevábamos separados 30 días. La había querido, la había ayudado, la había sacado de ese mundo. Ella misma volvió. Yo no.
Tras el diagnóstico inicial nos acercamos e intercambiamos unas palabras. Ella sí que se había mudado para empezar de cero en un nuevo sitio. Y lo hacia sabiendo que yo estaba allí. No voy a engañar a nadie: la simple idea de volver a verla con asiduidad me daba pánico, así que corrí hacia el primer bar que vi abierto y empecé a beber como si no hubiera mañana.
Ana, Ana, Ana, Ana… No me la podía quitar de la cabeza. La veía en la pared, en la puerta, la veía entrando al baño y sentada en el bar, la veía detrás de la barra y la veía basándose con un chico… La veía en todas partes. Tiré de teléfono y llamé a la primera “chica fácil” que encontré. Por la A… Andrea. No había pérdida. No recuerdo más de la noche de ayer. Nada más.
Por el aspecto de la habitación en la que estoy todo parece normal. Piso amplio, acogedor, moderno y caro. Tiene que ser una casa del barrio alto. En el móvil el historial de llamadas está borrado y los whatsapps bloqueados. Sin embargo me acaba de llegar un sms de Javi: “La cagaste“. ¿Por qué? ¿Habría bebido y me habría peleado? ¿Me habría follado a la novia de algún colega? ¿Me habría metido alguna raya de más? De repente, lo entendí todo. Me levanté de la cama, vi su ropa y observé la foto del escritorio. Había retrocedido cinco años. Ana había vuelto a mi vida.

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