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Diario de un cabrón: Silencios en La Concha

Sin hablar, sin compromiso

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Estoy en un hotel del norte, concretamente en Donosti, también llamado San Sebastián, donde hoy tengo un congreso. El monte Igeldo se alza majestuoso sobre la playa de la Concha que, a nuestros pies, amanece fría y con oleaje. Los dos estamos en la terraza, ella se apoya en la barandilla, yo me pongo por detrás, le beso la nuca y ella empieza más tocamientos sin darse la vuelta. Volvemos a la cama, donde todo empezó.
Ayer fue un día duro. Cogí el avión a las 7:00 Am y en apenas una hora aterrizamos en Loiu. Bilbao es de los peores aeropuertos en cuanto a turbulencias y el viaje fue movido. Tras una hora en coche, llegamos a Donosti para entrar en el auditorio sin previo paso por el hotel. Con la maleta en la mano entramos a la ponencia sobre nuevas tecnologías y su aplicación a la sociedad moderna. Lo mejor de estos congresos son los cócteles posteriores donde conocí a Cristina.
Tomamos un par de cañas y bajamos al casco viejo para seguir con los “pintxos”. Los dos nos parecíamos en el sentido de ser solteros, precoces y los mejores de nuestra generación. Ella se refería a nosotros bajo el término “avanzados”. Yo, en cambio, elegí auto denominarnos como “gilipollas”. Y lo digo porque tantas palabras me empezaban a incomodar, necesitaba algo de acción ya. Yo sólo pensaba en acostarme con ella y dormir, pero ella quería ir a la charla de la tarde, hablar y estabilizar una vida algo desordenada.
De lo cansado que estaba di a Cristina por pérdida y subí de nuevo al hotel. Al ver el mini bar me vi obligado a bajar al hall del para comer un sandwich. Al abrir la puerta de mi habitación me percaté de un sobre que estaba en el suelo. Ponía mi nombre en el destinatario. Lo abrí. Dentro había tres condones, un bombón y una nota que ponía: “Habitación 223”. Hasta allí me fui.
Tres toques en la puerta fueron suficientes. Cristina no había ido a la conferencia y prefirió seguir mis pasos en un taxi desde el auditorio. Me había seguido con sigilo y así quería que siguiera el día. Con un gesto de silencio empezó a besarme, a acariciarme, a tocarme. Cada vez que yo intentaba decir algo me callaba con sus labios para intentar follar sin ninguna palabra de por medio. Y así lo hicimos: sólo murmullos, sólo miradas, sólo caricias y sólo susurros.
La sensación fue extraña pero fue una gran experiencia que sigue. Hemos vuelto a la cama, seguimos sin palabras, pero con silencios que dicen mucho de los dos. A ella le resultó extraño cuando, ayer, de pintxos, le dije que yo no busco ningún compromiso. Ella quiere algo estable, por eso ha decidido no hablar y dejar que nuestros cuerpos se expresen. Guardo buen recuerdo de Donosti. Y de Cris, la chica que dejó hablar a sus deseos antes que a su cabeza. Seguimos en la cama. El avión sale en tres horas. Un último esfuerzo.

4 comentarios el “Diario de un cabrón: Silencios en La Concha

  1. Quiere decir que esto está escrito por un hombre???

  2. qué buena pinta tiene el pintxo, madre mía!!! quién lo ha hecho??

  3. Mejor nos iría la gran mayoría de las veces si habláramos menos y escucháramos más a nuestro cuerpo, nuestras tripas, nuestro instinto…en fin, como cada cual lo llame…
    Debieron disfrutar bastante…. 😀

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