Confesiones de una amantis religiosa II

Elogio de la masturbación

KillBill
El orgasmo es el punto de partida del sexo, no el de llegada. No follas para correrte: el orgasmo es lo mínimo exigible al sexo, como alimentarte es lo mínimo que le exiges a la comida o saciar la sed lo mínimo que le pides a la bebida. Pero, a partir de ahí, podemos sofisticar los actos de comer, beber y follar hasta el infinito

¿Cómo se logra pasar de lo uno a lo otro? ¿De follar para correrte, a follar corriéndote? ¿Cómo logras dar por sentado el orgasmo antes mismo de empezar a follar? La fórmula es sencilla (iba a decir, está chupada): cámbiale el dueño. El orgasmo no te lo da tu pareja sexual, sino tú misma. Tú eres responsable única de tus orgasmo y, precisamente, la diferencia entre hacerte una paja y follar no es el orgasmo, sino el conjunto de la experiencia.

Por eso, si quieres follar bien en compañía, hazte pajas en solitario. Mastúrbate. Tócate. Experimenta contigo misma. Conócete. Disfrútate. Por un lado, le quitarás necesidad al sexo: tu dosis de orgasmos, tan necesaria para la supervivencia como comer o beber, estará cubierta, así que no te cogerán las ansiedades, ni te irás a follar con cualquier imbécil aparecido en el momento del apretón. Follarás cuando quieras, no cuando lo necesites.

Por otro lado, no habrá más polvos fallidos. Cuando tienes el orgasmo garantizado el sexo toma otra dimensión, se relaja, pierde angustia. Te puedes dedicar a descubrir, a probar, a jugar, a equivocarte. Si con todo ello te corres, perfecto. ¿Si no te corres? No hay problema: coges a tu pareja sexual y, incluyéndola en el juego, te haces una paja y, de paso, le enseñas cómo te gusta que te toquen.

Si te preocupa la reacción de tu compañero, quítate manías de encima: a la mayoría de tíos heteros les encantará verte haciéndote una paja (solo hay que mirar las estadísticas de cibersexo). Otra cosa es que luego, a tus espaldas, algunos te llamen guarra. Para eso también sirven las pajas: cuando has aprendido a darte placer a ti misma y a estar orgullosa de tu sexualidad, empiezas a escoger mejor tus compañías. Y a esos patanes que se sienten más hombres cuanto menos mujer te dejan ser, los mandarás tranquilamente, como a Torrente, a hacerse unas pajillas con sus amigos. Pajillas en el coche, con el rollo de papel de water y sin mariconadas. Una sexualidad a la altura de su cutrerío, definitivamente.

Si te gusta el sexo, mastúrbate, hazte dueña de tu sexualidad y de tu cuerpo, aprende a ser tu propia amante, disfrútate. Y, si no te gusta el sexo, mastúrbate aún más: date una oportunidad de descubrir ese mundo fantástico que existe cuando nadie te mira y ya nadie puede juzgar lo que haces con tu cuerpo y tus placeres.

3 comentarios sobre “Confesiones de una amantis religiosa II

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