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Diario de un cabrón. Las mujeres a mis pies

I – Ninguna tía se me resiste

Telefono Gina

Despertarse y no saber dónde estás. Abrir los ojos y no reconocer el techo bajo el cual has dormido. Darte la vuelta en la cama y no conocer la melena rubia que ha dormido a tu lado. La noche de ayer iba bien hasta que perdí el control. Retrocedamos.

Como todos los jueves llegué a casa con el móvil lleno de estúpidos whatsapps, sms’s sin sustancia y llamadas perdidas que se difuminarán en el infinito de la memoria 3G. Me duché, me vestí y salí a cenar a un restaurante con un amigo. El pobre es el típico que no puede respirar sin una novia que le joda la vida, le putee a más no poder y al cual le sería imposible vivir más allá de dos semanas sin nadie femenino a quien lamerle el trasero en el sentido más pelota de la palabra. Una pena porque el chico en cuestión, para mi, tiene un potencial bastante aceptable como para ser mi sombra en cualquier jueves por la noche. Él prefirió el otro camino, quizá el correcto, pero el más aburrido. Se llama Javi.

Al acabar la cena me fijé en una de las camareras que servía cócteles en la zona de copas del restaurante. Un par de cruces de miradas y ya. Tenía algo interesante, quizás su pelo nórdico o sus ojos azules. No lo sé, pero me llamó la atención. Cuando me puso el Ruso blanco que le había pedido me acarició la mano al darme el cambio. Ahí se perdió el contacto porque al instante Javi me avisó de que Xana había llegado. Ella es una chica aventurera, le gusta el riesgo y se autoimpone tener pareja para evitar que su bisexualismo haga de las suyas cada noche. Aquel día fue inevitable resistir la tentación. Vestía un top que le hacía un gran favor a la altura del pecho, unos pantalones que le marcaban un buen culo y unos tacones que le resaltaban unas piernas interminables.

Xana llegó, nos dimos dos besos, empezamos a hablar y, cuando nos dimos cuenta, ya llevábamos tres rusos blancos cada uno. A Javi le perdí a medida que el bar se iba llenando. No aguantamos mucho más porque la tensión sexual era insoportable. Al tercer cóctel me susurró al oído que quería ir al baño. La dejé alejarse y, a los 30 segundos, me reuní con ella en la cola del servicio de mujeres. La cogí de la mano, entramos en el de hombres y empezamos a… En los baños de hombres nunca se quejan si escuchan a alguien tener relaciones sexuales con la puerta cerrada. Mientras yo escuchaba de fondo conversaciones sobre lo bueno que era Messi, Xana hacia un trabajo inferior que le hacía ganar enteros con el paso de la noche. Su mano, fría, me ponía aún más que sus pechos al contacto con… Eso.

El caso es que al salir del baño encontramos a Javi. Había vuelto al sitio con su novia. Yo apenas podía escucharle pero me dio una servilleta con un nombre (Gina) y un número de teléfono. Xana se fue al poco porque su novio/a (no recuerdo bien) le/la esperaba en la cama y “tenía que cumplir”. Pobre hombre. O mujer, porque no recuerdo el género. Yo me quedé con Javi, su novia y unos chupitos que completaron la noche. Todo era rock’n roll.

Volviendo a esta mañana, el olor del café se intuye desde la cama. La rubia en cuestión no vive sola. Le toco un hombro para asegurarme de que no sea una sorpresa desagradable y para preguntarle si tengo que preocuparme por un novio inesperado. La respuesta fue “estáte tranquilo, ayer ya te dije que no tenías de qué preocuparte”. Me vuelvo a apoyar sobre la almohada. Ella, que sigue de espaldas, empieza a tocarme. Yo hago lo mismo hasta que ella se da la vuelta. Entonces, al verle la cara, respiro profundamente con alivio porque es ella.

Lo hicimos dos veces antes del desayuno. Yo tenía prisa. Mientras ella se duchaba me fui porque tenía que ir al trabajo y debía de pasar por casa. No tenía mucho tiempo. Una nota y hasta la próxima semana: “Tus rusos blancos son únicos. Cuídate, Gina”. Ni mi número de teléfono, ni email. Sólo una nota. Si me apetece verla de nuevo ya sé dónde encontrarla sirviendo cócteles porque soy yo, y no ellas, quien elige mis noches.

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